| Un Primero de Mayo en Nueva York |
|
|
|
| Cultura - Historia | |||
| Martes, 01 de Mayo de 2012 00:15 | |||
|
por Pablo Pozzi* Hace ya muchos años que conocí por vez primera a Tom Soto y a Jaime Veve. Era un 1ro de Mayo en Nueva York, allá por 1978. Yo vivía en el Bajo Manhattan, más conocido como “Losaida” por Lower East Side, donde habíamos recalado una cantidad de argentinos que activábamos en la lucha antidictatorial. El Losaida era algo surrealista: por un lado era el hogar de docenas de izquierdistas norteamericanos, de todo tipo, color y persuasión. Por otro, allí vivían una cantidad antiguos nazis, además de albergar la sede del Frente de Liberación Nacional de Ucrania y los Caballeros de San Jorge; unos muchachos cuyos estudios fundamentales fueron realizados en las Waffen SS. Cada Primero de Mayo, el PC norteamericano ponía altoparlantes que tocaban, a todo dar, La Internacional. Luego, convocaba a una movilización que empezaba en Tompkins Square, en el centro del barrio, y marchaba hacia la histórica plaza roja neoyorkina, en Union Square. Los fachos, a su vez, se juntaban para disputar Tompkins Square. Digamos que era un Primero de Mayo de los antigüitos, con todo y combatividad donde nos agarrábamos a palos con los enemigos de clase. Me encantaba. Sobre todo porque pocas cosas había que alentaran a un zurdito en los Estados Unidos. Ese día nos juntábamos todos en contra del enemigo común. Y luego, bueno luego volvíamos a las rencillas de siempre. Ese año fue más o menos simple. Para cuando yo llegué a la plaza, los comunistas, trotskistas y los muchachos de Mundo Obrero habían ganado la calle. Mientras la policía nos miraba desde lejos, sacando fotos, contando cabezas, y registrando las patentes de todos los autos en la zona, los rojos ordenaban un par de miles de personas y se aprestaban a marchar. Miré a ver dónde me metía. No iba a marchar con los PC y menos aun con los troskos. Y no quedaban muchas opciones. Me metí en la columna de Mundo Obrero sin saber muy bien qué cuernos era. Cara nueva en columna zurda: o sea, rapidito se me pararon dos tipos, uno de cada lado, a ver quién era y qué quería. Digamos, siempre estaba la posibilidad de un recluta nuevo (y en Estados Unidos no había muchos de esos) o que fuera un provocador, o simplemente que estuviera perdido. Los tipos eran Tom y Jaime. Me empezaron a charlar, a discutir política, para descubrir que los tres estábamos metidos en la movilización por los 200 años de la Constitución norteamericana, donde la izquierda iba a Washington a hacer una demostración en fuerza (de hecho dos meses más tarde fui con decenas de miles de otros, incluyendo una nutrida columna de sudamericanos). Nos hicimos amigos y compañeros. Jaime era el más joven de los dos. De familia obrera y puertorriqueña, había trabajado desde muy joven en distintas cosas, siempre activando en tareas sindicales. Un día se decidió a militar en el Partido Mundo Obrero (WWP), una organización de origen trotskista dirigida por Sam Marcy, que apoyaba a Cuba y a Vietnam; más importante para mí, me enteré que en 1972 había realizado una movilización activa y muy combativa en repudio a la masacre de Trelew. Jaime tenía un bigotazo, pelo largo, y una sonrisa franca y abierta. Era alegre y muy entrador, por lo que era muy buen organizador. Digamos que se le veía la sangre latina por todos lados, y también su tradición obrera. En cuanta lucha había dando vueltas por ahí, ahí estaba Jaime Veve. Tom era distinto, porque era callado y de escuchar mucho. También era obrero y de origen puertorriqueño y al igual que Jaime tenía un bigote pero muy poco pelo en la cabeza. Yo lo que más me acuerdo es que siempre caminaba un poco encorvado, quizás porque era bastante alto, y tenía una sonrisita de esas que te transmiten calorcito. Era callado y nunca decía nada que no hubiera pensado antes. Como buen veterano marxista tenía una formación envidiable que articulaba con mucha experiencia de luchas sociales. Tom era de esos tipos a los cuales uno quiere y no sabes muy bien ni por qué ni cuándo te pasó. Era un cuadrazo del WWP, organizador nato, y un apasionado de la Revolución. Los dos habían trabajado en un hotel neoyorkino (creo que era el Plaza Hotel) y la patronal los había despedido por activismo sindical, automáticamente poniéndolos en lista negra para cualquier trabajo en la zona. Ellos entablaron un juicio laboral que duró años. Poco tiempo después de conocerlos ganaron el juicio. No recuerdo cuándo fue, pero la patronal les tuvo que pagar lo que para mí, en ese entonces, era muchísima plata. Ahí me enteré que gran parte de la plata recibida la habían utilizado para su Partido y para organizar a sus compañeros trabajadores de hoteles. Un día Tom me contó que él había usado una partecita para viajar por primera vez en su vida: había ido a Suiza y la URSS. Lo recuerdo hasta el día de hoy, contando que quería ver a Lenin (o sea a su tumba) “porque ese grande [sic] hombre dio la vida por nosotros”. Y mientras contaba eso, se le derramaban lagrimones por un rostro curtido y dulce. Años más tarde yo también hice el peregrinaje y me emocioné hasta el tuétano recordando lo me había dicho Tom. Ambos, Jaime y Tom, le tenían mucho respeto a los revolucionarios argentinos, hasta el punto que a mí me daba un poco de vergüenza. Sobre todo porque había que verlos bregar por la revolución social en una sociedad adversa con un Estado que los perseguía. Tanto ellos, como su Partido, fueron muy solidarios con todos los latinoamericanos y sobre todo con nosotros los argentinos. Nunca pidieron nada a cambio, y nunca discutieron sus diferencias políticas en las cosas que les pedíamos. Los apoyamos en lo que pudimos, y varios de nosotros ayudamos en sus actividades. Yo aprendí de ellos cosas invalorables: cómo medir al público, cómo hablar para que me entiendan los trabajadores, cómo hacer un acto con pocos recursos y menos militantes que tuviera un fuerte impacto, cómo no desanimarme cuando todo parece que está en contra nuestra, cómo teníamos que ganar compañeros y asegurarnos que si no se nos unían por lo menos que nos tuvieran respeto y cariño. Sobre todo aprendí que los buenos compañeros se encuentran en todos lados. Para ellos éramos tan pocos que había que saber valorar lo que cada uno quisiera y pudiera dar, y que sin eso nunca íbamos a hacer la Revolución. Cuando asumió Reagan el WWP se lanzó a una lucha sin cuartel, organizando vecindades, agrupaciones sindicales y raciales, y sobre todo organizando a la comunidad gay que estaba siendo agredida por el neoliberalismo. En septiembre de 1981 los acompañé, una vez más, a Washington en lo que fue la movilización obrera más grande la historia norteamericana: más de 600 mil obreros manifestaron su repudio a las políticas neoliberales. Fue impactante ver la columna de metalúrgicos, más de 50 mil de ellos, marchando por la inmensa Massachusetts Avenue gritando “Ronald Reagan is no good. Send him back to Hollywood” (Ronald Reagan no es bueno. Mándenlo de vuelta a Hollywood.) Nunca los vi tan contentos como esa vez, encabezando a decenas de miles de sus compañeros trabajadores. Fueron días maravillosos, y ese recuerdo es imborrable más allá de que Reagan logró imponerse gracias a la represión, al macartismo, a la burocracia sindical y al salvajismo de las patronales. Un mes después yo dejé Estados Unidos y recién regresé de visita en 1987. No recuerdo por qué no lo vi a Jaime. Creo que Tom me explicó que tenía serios problemas familiares. Pero tanto él como su Partido me recibieron con cariño. Nunca lo volví a ver a Jaime, y tampoco a Tom. Me enteré que Tom había organizado los inquilinatos del Bronx y que había sido acuchillado por individuos que, sospechamos, trabajaban para los dueños de los edificios. Yo pensé siempre que lo habían asesinado. Para mí, durante más de dos décadas, Tom había muerto en su ley, dando la vida por los trabajadores y los más humildes. El otro día, de pura sorpresa, me escribió la puertorriqueña Wilma Reverón, que fue su abogada, diciendo que estaba vivo “aunque habían tratado de asesinarlo”. Por un lado una gran alegría y por otro la pregunta de hasta dónde la memoria es realmente lo que pasó y no lo que nos imaginamos que pasó. ¿El resto de mis recuerdos habrán sido así o no? De todas maneras, lo que me parece importante es que sea totalmente genuina o sea, aunque yo me la haya construido, la realidad es que fueron compañeros como estos que jalonan las luchas obreras y las enseñanzas de una vida digna. En mi memoria Tom y Jaime, al igual que otros como Deirdre Griswold y Vince Copeland, eran la revolución norteamericana; o sea los herederos de Albert y Lucía Parsons y de los Mártires de Haymarket en 1886. Para mí, tanto Tom como Jaime cumplieron la promesa de aquel Primero de Mayo en 1978. Fueron solidarios e internacionalistas. Fueron obreros, y sobre todo fueron mis amigos y compañeros. Y cuando alguien me habla de los obreros norteamericanos, yo los recuerdo a ellos, siempre luchando y arriesgando para poner fin a la explotación del hombre por el hombre. *Pablo Pozzi es historiador, especialista en la historia del movimiento obrero argentino.
|








ESPECIAL PRIMERO DE MAYO 2012



