| El legado espiritual del valle de Copiapó |
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| Columnas - Calidad Humana | |||||||||
| Miércoles, 20 de Octubre de 2010 00:03 | |||||||||
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20 DE OCTUBRE, 4 AÑOS JUNTOS ![]() por Daniel Álvaro Martínez / desde Uruguay El impactante Derrumbe de la mina San José, felizmente culminado con el rescate de treinta y tres mineros sepultados durante más de dos meses en las profundidades desérticas de Atacama, cercanas al oasis que otrora diera solaz a las huestes comandadas por Pedro de Valdivia, ocupantes de la antigua ciudad incaica posteriormente refundada con el pomposo nombre de San Francisco de la Selva de Copiapó, ha generado repercusiones internacionales propicias a consolidar un hito de honda significación para nuestra dolida historia amerindia. En la cobertura periodística del acontecimiento —sin parangón en la historia chilena y acaso en la humana— asistimos a un profuso despliegue de descripciones, reflexiones y sentimientos encontrados. Con efectismo televisivo y hasta especulación numerológica —El emblemático número 33 rodeó rescate de los mineros—, el bagaje informativo se presentó desde variados ángulos y con diversos grados de profundidad. En el discurso de izquierda se hizo patente la polaridad ideológica. Así, por ejemplo, en el extremo moderado de este espectro de opinión, José Luis Córdova, en su artículo Diputado Carmona Saluda Heroísmo de los 33 Mineros y Espera el Rescate Junto a sus Familiares, recogió expresiones del parlamentario comunista mencionado en el título. El diputado Carmona subrayó el preeminente rol de la minería en la producción chilena, y el «proyecto de acuerdo» por él presentado «para ratificar como país el Convenio 176 de la OIT sobre salud y seguridad minera». Más hacia el centro del mentado espectro y desde una postura crítica rigurosa, el profesor de Civilización Hispanoamericana Franck Gaudichaud consignó el rédito político del rescate —la operación de salvamento elevó la popularidad del presidente Piñera— y, como irónica contrapartida, la incontrovertible constatación de que «Chile es uno de los abanderados del capitalismo minero latinoamericano»: Au Chili, derrière l'euphorie médiatique, les hommes (traducción española por Caty R.: Detrás de la euforia mediática, los hombres). Por último, desde el polo radical del pensamiento izquierdista, Carlos Enrique Bayo escribió un escueto y lapidario comentario titulado Los indígenas americanos seguirán sepultados. Tras reseñar la presencia masiva de autoridades gubernamentales y empresariales en el «gran circo del rescate», Bayo enfatizó en la significación de su fecha: «Es un sarcasmo histórico que fuera un 12 de octubre el día en el que el presidente Piñera y todo su equipo de tecnócratas racialmente puros se pusieran la medalla de extraer de la madre tierra a los que su clase catira sigue explotando como hace 518 años». También en las redes sociales se reprodujo el amplio abanico que oscila entre el aplauso a los mineros y a sus liberadores, la denuncia de la irresponsabilidad mercantil proclive a la consumación del accidente, y el repudio del subsiguiente show mediático. ¿Es viable un término medio para la aprehensión de hechos tan sensibles? El progresivo afianzamiento de la presencia indígena en la emergente Abya Yala, ¿está convenientemente apuntalado por la militancia de izquierda? La discusión que al respecto nos debemos, ¿no se halla aún anclada en la lucha de clases, y, por ende, sobrecargada de fijezas ideológicas? Por una parte, las venas de América Latina prosiguen abiertas, borbotando sangre, sudor y lágrimas. ¿Germinará en ellas el hombre nuevo soñado por nuestros próceres? Cuando el eximio artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín concibió La Capilla del Hombre —obra cumbre de nuestra Patria Grande que él soñaba inaugurar en 1992, como réplica a los festejos de los quinientos años del desembarco de Colón en nuestras costas—, su edificación de tres plantas se hallaría coronada, a modo de cúpula, por un cono truncado. En la pintura interior de éste, mucha gente ansiaría salir a la luz a través del hueco superior. La obra renovaría la experiencia de un viaje en el que Guayasamín se internó en el cerro maldito de Potosí, donde examinó el horror del oscuro encierro al que estuvieron sometidos los indígenas que extrajeron la plata de sus vetas. Por otra parte, el creciente clamor de Gaia, nuestra Madre Tierra Viva, exige una perentoria superación de las confrontaciones axiológicas que asolan nuestro hábitat planetario y nuestra viabilidad biológica. Portavoz de una potente interpelación telúrica, el resurgir aborigen conlleva innumerables llamados a asumir una nueva cosmovisión apta para socavar el vetusto paradigma impuesto por el coloniaje. El derrumbe de la mina de San José es signo preclaro de la inexorable desintegración del modelo expoliador. Pero para que el desplome no nos asfixie, de alguna manera habremos de emular la entereza de los treinta y tres mineros cuya salvación celebramos. Tras su inmersión ritual en el seno de Gaia, y la emergencia victoriosa de la Vida por sobre las vicisitudes del modelo de marras, nuestro mejor homenaje será permitir que la riqueza simbólica de su experiencia cósmica impregne nuestras entrañas. Es el valle de Copiapó quien a través de ellos ha hablado, y a nuestra especie concierne asimilar su legado. Desde tal óptica hago mías las reflexiones vertidas meses atrás por un ilustre propulsor del cambio de paradigma que aguarda nuestro protagonismo:
Concluyo este artículo precisando el alcance de su título. En sintonía con los Apuntes para una eco-espiritualidad holística, de Rui Manuel GRÁCIO DAS NEVES, mi concepto de espiritualidad es holístico. En palabras del autor: «Una espiritualidad holística es una espiritualidad de la experiencia unitaria. Significa esto que alguien se siente uno con todas las cosas, y esto es especialmente importante en el ámbito ecológico. Una eco-espiritualidad holística significará entenderse vivencialmente (no sólo en teoría e intelectualmente) como uno con la naturaleza. El pájaro y yo somos uno, al igual que el árbol, la montaña, el río o el valle. No hay separación dual vivencial, únicamente en lo intelectual y verbal». «Sentirse uno con todas las cosas (también a nivel mineral y objetual) no implica negar que existen singularidades, diferencias, especificidades. Todo eso, cual sinfonía, constituye las diversas voces de la Única Orquesta de la Vida y del Cosmos». Los mineros de Copiapó representan a los trabajadores sumergidos de nuestro sufrido continente, y, por extensión holística, a los oprimidos de todo el universo (¡no restringidos a nuestra especie!). Mas si «alguien se siente uno con todas las cosas, y esto es especialmente importante en el ámbito ecológico»... entonces también los mineros y los humildes por ellos representados, ¿han de sentirse uno con el sistema que los explota? «[...] podemos decir correctamente que “yo soy el río”, “yo soy el árbol”, “yo soy el agua, el viento, la tempestad, el terremoto, la brisa, la tierra”—añade GRÁCIO DAS NEVES en el artículo precitado—. Pero sin caer en romanticismos fáciles, habrá que decir que yo soy también el tigre que se prepara para atacarme y devorarme. ¿Cómo entender esto? Significa que esa unidad es siempre un Misterio, más allá de la explicación racional, separativa y diferenciadora. Con todo, yo haré todo lo posible para escaparme del tigre, por supuesto... Pero yo soy el tigre y yo soy yo mismo mirando al tigre. Entender esta paradoja es una especie de ko’ an, esas paradojas usadas en la tradición del zen rinzai, capaces de hacer quebrar en añicos nuestra mente lógica y darse la Iluminación». Acaso el vídeo que subsigue pueda dar cuenta más acabada de tales paradojas, tan profundamente integradas a la idiosincrasia indígena, tan sutiles como desconcertantes y señeras... tan singularmente patentes en el legado espiritual del valle de Copiapó (cf. paxas03, Great spirit): _____________
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| Actualizado ( Martes, 26 de Octubre de 2010 04:03 ) | |||||||||








